El Santo Evangelio Según
SAN MATEO
Genealogía de Jesucristo
(Lc. 3.23-38)
1
1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de
Abraham.
2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a
sus hermanos.
3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y
Esrom a Aram.
4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a
Salmón.
5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a
Obed, y Obed a Isaí.
6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a
Salomón de la que fue mujer de Urías.
7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa.
8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.
9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías.
10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a
Josías.
11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo
de la deportación a Babilonia.
12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías
engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
13 Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a
Azor.
14 Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud.
15 Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob;
16 y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual
nació Jesús, llamado el Cristo.
17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta
David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia,
catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo,
catorce.
Nacimiento de Jesucristo
(Lc. 2.1-7)
18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada
María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que
había concebido del Espíritu Santo.
19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla,
quiso dejarla secretamente.
20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le
apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas
recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado,
del Espíritu Santo es.
21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el
Señor por medio del profeta, cuando dijo:
23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros.
24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del
Señor le había mandado, y recibió a su mujer.
25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo
primogénito; y le puso por nombre JESÚS.
La visita de los magos
2
1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey
Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha
nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a
adorarle.
3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con
él.
4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas
del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está
escrito por el profeta:
6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará a mi pueblo Israel.
7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de
ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con
diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo
saber, para que yo también vaya y le adore.
9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la
estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos,
hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María,
y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le
ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no
volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Matanza de los niños
13 Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor
apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y
a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te
diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para
matarlo.
14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y
se fue a Egipto,
15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se
cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando
dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.
16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se
enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos
años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme
al tiempo que había inquirido de los magos.
17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta
Jeremías, cuando dijo:
18 Voz fue oída en Ramá, Grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, Y no quiso ser consolada, porque perecieron.
19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del
Señor apareció en sueños a José en Egipto,
20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a
tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte
del niño.
21 Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y
vino a tierra de Israel.
22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de
Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por
revelación en sueños, se fue a la región de Galilea,
23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que
se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser
llamado nazareno.
Predicación de Juan el Bautista
(Mr. 1.1-8; Lc. 3.1-9, 15-17; Jn. 1.19-28)
3
1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el
desierto de Judea,
2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha
acercado.
3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías,
cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.
4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto
de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel
silvestre.
5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia
de alrededor del Jordán,
6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus
pecados.
7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos
venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras!
¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,
9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham
tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar
hijos a Abraham aun de estas piedras.
10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los
árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado
y echado en el fuego.
11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero
el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es
más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y
fuego.
12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y
recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que
nunca se apagará.
El bautismo de Jesús
(Mr. 1.9-11; Lc. 3.21-22)
13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser
bautizado por él.
14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado
por ti, ¿y tú vienes a mí?
15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene
que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.
16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua;
y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de
Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.
17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo
amado, en quien tengo complacencia.
Tentación de Jesús
(Mr. 1.12-13; Lc. 4.1-13)
4
1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto,
para ser tentado por el diablo.
2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches,
tuvo hambre.
3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios,
di que estas piedras se conviertan en pan.
4 Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso
sobre el pináculo del templo,
6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque
escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.
7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al
Señor tu Dios.
8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le
mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,
9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.
10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito
está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.
11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y
le servían.
Jesús principia su ministerio
(Mr. 1.14-20; Lc. 4.14-15; 5.1-11; 6.17-19)
12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea;
13 y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad
marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí,
14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, Camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles;
16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir:
Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.
18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos,
Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red
en el mar; porque eran pescadores.
19 Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de
hombres.
20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron.
21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de
Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que
remendaban sus redes; y los llamó.
22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le
siguieron.
23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas
de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda
enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
24 Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos
los que tenían dolencias, los afligidos por diversas
enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y
paralíticos; y los sanó.
25 Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de
Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.
El Sermón del monte: Las bienaventuranzas
(Lc. 6.20-23)
5
1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron
a él sus discípulos.
2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es
el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán
consolación.
5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la
tierra por heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia.
8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a
Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán
llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la
justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los
cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes
de vosotros.
La sal de la tierra
13 Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se
desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada,
sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
La luz del mundo
14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un
monte no se puede esconder.
15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino
sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que
vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos.
Jesús y la ley
17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los
profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la
tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que
todo se haya cumplido.
19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos
mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy
pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera
que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el
reino de los cielos.
20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la
de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los
cielos.
Jesús y la ira
(Lc. 12.57-59)
21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y
cualquiera que matare será culpable de juicio.
22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su
hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio,
a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le
diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.
23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti,
24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda,
reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta
tu ofrenda.
25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que
estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue
al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues
el último cuadrante.
Jesús y el adulterio
27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.
28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para
codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer,
sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de
tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y
échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus
miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
Jesús y el divorcio
31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele
carta de divorcio.
32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa
de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada,
comete adulterio.
Jesús y los juramentos
33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No
perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.
34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el
cielo, porque es el trono de Dios;
35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por
Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o
negro un solo cabello.
37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es
más de esto, de mal procede.
El amor hacia los enemigos
(Lc. 6.27-36)
38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.
39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a
cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también
la otra;
40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica,
déjale también la capa;
41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla,
ve con él dos.
42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado,
no se lo rehúses.
43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y
aborrecerás a tu enemigo.
44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los
que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por
los que os ultrajan y os persiguen;
45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los
cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace
llover sobre justos e injustos.
46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa
tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis
de más? ¿No hacen también así los gentiles?
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está
en los cielos es perfecto.
Jesús y la limosna
6
1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres,
para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa
de vuestro Padre que está en los cielos.
2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de
ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles,
para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen
su recompensa.
3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace
tu derecha,
4 para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo
secreto te recompensará en público.
Jesús y la oración
(Lc. 11.2-4)
5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos
aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las
calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya
tienen su recompensa.
6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la
puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en
lo secreto te recompensará en público.
7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles,
que piensan que por su palabrería serán oídos.
8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre
sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le
pidáis.
9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en
los cielos, santificado sea tu nombre.
10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así
también en la tierra.
11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros
perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque
tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos.
Amén.
14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os
perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Jesús y el ayuno
16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas;
porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que
ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro,
18 para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre
que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te
recompensará en público.
Tesoros en el cielo
(Lc. 12.32-34)
19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el
orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el
orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan.
21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también
vuestro corazón.
La lámpara del cuerpo
(Lc. 11.33-36)
22 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es
bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz;
23 pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en
tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas,
¿cuántas no serán las mismas tinieblas?
Dios y las riquezas
(Lc. 16.13)
24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al
uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al
otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.
El afán y la ansiedad
(Lc. 12.22-31)
25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué
habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo,
qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y
el cuerpo más que el vestido?
26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni
recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No
valéis vosotros mucho más que ellas?
27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane,
añadir a su estatura un codo?
28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los
lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;
29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se
vistió así como uno de ellos.
30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el
horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros,
hombres de poca fe?
31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué
beberemos, o qué vestiremos?
32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro
Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y
todas estas cosas os serán añadidas.
34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el
día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio
mal.
El juzgar a los demás
(Lc. 6.37-38, 41-42)
7
1 No juzguéis, para que no seáis juzgados.
2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y
con la medida con que medís, os será medido.
3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano,
y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu
ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas
delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os
despedacen.
La oración, y la regla de oro
(Lc. 11.9-13; 6.31)
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os
abrirá.
8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y
al que llama, se le abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le
dará una piedra?
10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas
a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los
cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan
con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto
es la ley y los profetas.
La puerta estrecha
(Lc. 13.24)
13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y
espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los
que entran por ella;
14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva
a la vida, y pocos son los que la hallan.
Por sus frutos los conoceréis
(Lc. 6.43-44)
15 Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con
vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.
16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de
los espinos, o higos de los abrojos?
17 Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo
da frutos malos.
18 No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo
dar frutos buenos.
19 Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el
fuego.
20 Así que, por sus frutos los conoceréis.
Nunca os conocí
(Lc. 13.25-27)
21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino
de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no
profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios,
y en tu nombre hicimos muchos milagros?
23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de
mí, hacedores de maldad.
Los dos cimientos
(Lc. 6.46-49)
24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le
compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la
roca.
25 Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada
sobre la roca.
26 Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le
compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la
arena;
27 y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su
ruina.
28 Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se
admiraba de su doctrina;
29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como
los escribas.
Jesús sana a un leproso
(Mr. 1.40-45; Lc. 5.12-16)
8
1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.
2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo:
Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé
limpio. Y al instante su lepra desapareció.
4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve,
muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó
Moisés, para testimonio a ellos.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Lc. 7.1-10)
5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión,
rogándole,
6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa,
paralítico, gravemente atormentado.
7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que
entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado
sanará.
9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo
mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven,
y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le
seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado
tanta fe.
11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y
se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los
cielos;
12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de
afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.
13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te
sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mr. 1.29-34; Lc. 4.38-41)
14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste
postrada en cama, con fiebre.
15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y
les servía.
16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos
endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y
sanó a todos los enfermos;
17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó
nuestras dolencias.
Los que querían seguir a Jesús
(Lc. 9.57-62)
18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al
otro lado.
19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré
adondequiera que vayas.
20 Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del
cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su
cabeza.
21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya
primero y entierre a mi padre.
22 Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a
sus muertos.
Jesús calma la tempestad
(Mr. 4.35-41; Lc. 8.22-25)
23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan
grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:
¡Señor, sálvanos, que perecemos!
26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?
Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se
hizo grande bonanza.
27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es
éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados gadarenos
(Mr. 5.1-20; Lc. 8.26-39)
28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos,
vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los
sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar
por aquel camino.
29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús,
Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de
tiempo?
30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera,
permítenos ir a aquel hato de cerdos.
32 El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato
de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el
mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas.
33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad,
contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los
endemoniados.
34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le
vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.
Jesús sana a un paralítico
(Mr. 2.1-12; Lc. 5.17-26)
9
1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y
vino a su ciudad.
2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una
cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten
ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.
3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este
blasfema.
4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por
qué pensáis mal en vuestros corazones?
5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son
perdonados, o decir: Levántate y anda?
6 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al
paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.
7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que
había dado tal potestad a los hombres.
Llamamiento de Mateo
(Mr. 2.13-17; Lc. 5.27-32)
9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que
estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme. Y se levantó y le siguió.
10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa,
he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido,
se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos:
¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad
de médico, sino los enfermos.
13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero,
y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a
pecadores, al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mr. 2.18-22; Lc. 5.33-39)
14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo:
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus
discípulos no ayunan?
15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas
tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero
vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces
ayunarán.
16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque
tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los
odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden;
pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se
conservan juntamente.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mr. 5.21-43; Lc. 8.40-56)
18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre
principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de
morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.
19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.
20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía
doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su
manto;
21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto,
seré salva.
22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo,
hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella
hora.
23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que
tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,
24 les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino
duerme. Y se burlaban de él.
25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y
tomó de la mano a la niña, y ella se levantó.
26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.
Dos ciegos reciben la vista
27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando
voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!
28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les
dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.
29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe
os sea hecho.
30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó
rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.
31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda
aquella tierra.
Un mudo habla
32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo,
endemoniado.
33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en
Israel.
34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios
echa fuera los demonios.
La mies es mucha
35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en
las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y
sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.
37 Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es
mucha, mas los obreros pocos.
38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su
mies.
Elección de los doce apóstoles
(Mr. 3.13-19; Lc. 6.12-16)
10
1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para
sanar toda enfermedad y toda dolencia.
2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón,
llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y
Juan su hermano;
3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo
de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le
entregó.
Misión de los doce
(Mr. 6.7-13; Lc. 9.1-6)
5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones,
diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de
samaritanos no entréis,
6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha
acercado.
8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad
fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros
cintos;
10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de
calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos
quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.
12 Y al entrar en la casa, saludadla.
13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella;
mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras,
salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros
pies.
15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que
para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
16 He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed,
pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los
concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
18 y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa
de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué
hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis
de hablar.
20 Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu
de vuestro Padre que habla en vosotros.
21 El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al
hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán
morir.
22 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas
el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
23 Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de
cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades
de Israel, antes que venga el Hijo de Hombre.
24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más
que su señor.
25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como
su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto
más a los de su casa?
A quién se debe temer
(Lc. 12.2-9)
26 Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no
haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.
27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís
al oído, proclamadlo desde las azoteas.
28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no
pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma
y el cuerpo en el infierno.
29 ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni
uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados.
31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos
pajarillos.
32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres,
yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los
cielos.
33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo
también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lc. 12.49-53; 14.26-27)
34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he
venido para traer paz, sino espada.
35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra
su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su
suegra;
36 y los enemigos del hombre serán los de su casa.
37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de
mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno
de mí.
39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida
por causa de mí, la hallará.
Recompensas
(Mr. 9.41)
40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me
recibe a mí, recibe al que me envió.
41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa
de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es
justo, recompensa de justo recibirá.
42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de
agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo
que no perderá su recompensa.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lc. 7.18-35)
11
1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce
discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las
ciudades de ellos.
2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió
dos de sus discípulos,
3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o
esperaremos a otro?
4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las
cosas que oís y veis.
5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados,
los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es
anunciado el evangelio;
6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.
7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la
gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida
por el viento?
8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras
delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las
casas de los reyes están.
9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y
más que profeta.
10 Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti.
11 De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha
levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño
en el reino de los cielos, mayor es que él.
12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de
los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.
14 Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de
venir.
15 El que tiene oídos para oír, oiga.
16 Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los
muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus
compañeros,
17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos,
y no lamentasteis.
18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio
tiene.
19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí
un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de
pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos. Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Lc. 10.13-16)
20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales
había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían
arrepentido, diciendo:
21 Ay de ti, Corazín! Ay de ti, Betsaida! Porque si en
Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido
hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en
cilicio y en ceniza.
22 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras.
23 Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta
el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho
los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta
el día de hoy.
24 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.
Venid a mí y descansad
(Lc. 10.21-22)
25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de
los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.
26 Sí, Padre, porque así te agradó.
27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el
Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y
yo os haré descansar.
29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas;
30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
(Mr. 2.23-28; Lc. 6.1-5)
12
1 En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de
reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a
arrancar espigas y a comer.
2 Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos
hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.
3 Pero él les dijo: ¿No habéis leído lo que hizo David,
cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre;
4 cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la
proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que
con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?
5 ¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo
los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin
culpa?
6 Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.
7 Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no
sacrificio, no condenaríais a los inocentes;
8 porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mr. 3.1-6; Lc. 6.6-11)
9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.
10 Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y
preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en
el día de reposo?
11 El les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una
oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche
mano, y la levante?
12 Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por
consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.
13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la
extendió, y le fue restaurada sana como la otra.
14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para
destruirle.
El siervo escogido
15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió
mucha gente, y sanaba a todos,
16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen;
17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
18 He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio.
19 No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz.
20 La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio.
21 Y en su nombre esperarán los gentiles. La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mr. 3.20-30; Lc. 11.14-23)
22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y
le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba.
23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste
aquel Hijo de David?
24 Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los
demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.
25 Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo
reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa
dividida contra sí misma, no permanecerá.
26 Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está
dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?
27 Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién
los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros
jueces.
28 Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios,
ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.
29 Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre
fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces
podrá saquear su casa.
30 El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no
recoge, desparrama.
31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a
los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será
perdonada.
32 A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del
Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu
Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.
33 O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol
malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.
34 ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno,
siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
35 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas
cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
36 Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los
hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.
37 Porque por tus palabras serás justificado, y por tus
palabras serás condenado.
La generación perversa demanda señal
(Lc. 11.29-32)
38 Entonces respondieron algunos de los escribas y de los
fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal.
39 El respondió y les dijo: La generación mala y adúltera
demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del
profeta Jonás.
40 Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres
días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el
corazón de la tierra tres días y tres noches.
41 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta
generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la
predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar.
42 La reina del Sur se levantará en el juicio con esta
generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la
tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que
Salomón en este lugar.
El espíritu inmundo que vuelve
(Lc. 11.24-26)
43 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por
lugares secos, buscando reposo, y no lo halla.
44 Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando
llega, la halla desocupada, barrida y adornada.
45 Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores
que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel
hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá
a esta mala generación.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mr. 3.31-35; Lc. 8.19-21)
46 Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y
sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar.
47 Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están
afuera, y te quieren hablar.
48 Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi
madre, y quiénes son mis hermanos?
49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí
mi madre y mis hermanos.
50 Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.
Parábola del sembrador
(Mr. 4.1-9; Lc. 8.4-8)
13
1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar.
2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se
sentó, y toda la gente estaba en la playa.
3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí,
el sembrador salió a sembrar.
4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al
camino; y vinieron las aves y la comieron.
5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y
brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;
6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se
secó.
7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la
ahogaron.
8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a
ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.
9 El que tiene oídos para oír, oiga.
Propósito de las parábolas
(Mr. 4.10-12; Lc. 8.9-10)
10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por
qué les hablas por parábolas?
11 El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado
saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les
es dado.
12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más;
pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y
oyendo no oyen, ni entienden.
14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías,
que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y no percibiréis.
15 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane.
16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros
oídos, porque oyen.
17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos
desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no
lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Mr. 4.13-20; Lc. 8.11-15)
18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:
19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende,
viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
Este es el que fue sembrado junto al camino.
20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la
palabra, y al momento la recibe con gozo;
21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración,
pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la
palabra, luego tropieza.
22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la
palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas
ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye
y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta,
y a treinta por uno.
Parábola del trigo y la cizaña
24 Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los
cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su
campo;
25 pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y
sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
26 Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció
también la cizaña.
27 Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le
dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De
dónde, pues, tiene cizaña?
28 El les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le
dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?
29 El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña,
arranquéis también con ella el trigo.
30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y
al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero
la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el
trigo en mi granero.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mr. 4.30-32; Lc. 13.18-19)
31 Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los
cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y
sembró en su campo;
32 el cual a la verdad es la más pequeña de todas las
semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas,
y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y
hacen nidos en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Lc. 13.20-21)
33 Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante
a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de
harina, hasta que todo fue leudado.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mr. 4.33-34)
34 Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin
parábolas no les hablaba;
35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Abriré en parábolas mi boca; Declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo. Jesús explica la parábola de la cizaña
36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y
acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la
parábola de la cizaña del campo.
37 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla
es el Hijo del Hombre.
38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del
reino, y la cizaña son los hijos del malo.
39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin
del siglo; y los segadores son los ángeles.
40 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el
fuego, así será en el fin de este siglo.
41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de
su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen
iniquidad,
42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y
el crujir de dientes.
43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino
de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.
El tesoro escondido
44 Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro
escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de
nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra
aquel campo.
La perla de gran precio
45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader
que busca buenas perlas,
46 que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo
lo que tenía, y la compró.
La red
47 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que
echada en el mar, recoge de toda clase de peces;
48 y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen
lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera.
49 Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y
apartarán a los malos de entre los justos,
50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y
el crujir de dientes.
Tesoros nuevos y viejos
51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas?
Ellos respondieron: Sí, Señor.
52 El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los
cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro
cosas nuevas y cosas viejas.
Jesús en Nazaret
(Mr. 6.1-6; Lc. 4.16-30)
53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se
fue de allí.
54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos,
de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene
éste esta sabiduría y estos milagros?
55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre
María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?
56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde,
pues, tiene éste todas estas cosas?
57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay
profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.
58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad
de ellos.
Muerte de Juan el Bautista
(Mr. 6.14-29; Lc. 9.7-9)
14
1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,
2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado
de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado
y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe
su hermano;
4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque
tenían a Juan por profeta.
6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija
de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
7 por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo
que pidiese.
8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un
plato la cabeza de Juan el Bautista.
9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y
ella la presentó a su madre.
12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo
enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
Alimentación de los cinco mil
(Mr. 6.30-44; Lc. 9.10-17; Jn. 6.1-14)
13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un
lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió
a pie desde las ciudades.
14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.
15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos,
diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la
multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.
16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles
vosotros de comer.
17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos
peces.
18 El les dijo: Traédmelos acá.
19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y
tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al
cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y
los discípulos a la multitud.
20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, doce cestas llenas.
21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar
las mujeres y los niños.
Jesús anda sobre el mar
(Mr. 6.45-52; Jn. 6.15-21)
22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca
e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él
despedía a la multitud.
23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y
cuando llegó la noche, estaba allí solo.
24 Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas;
porque el viento era contrario.
25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos
andando sobre el mar.
26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se
turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.
27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo;
yo soy, no temáis!
28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú,
manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba
sobre las aguas para ir a Jesús.
30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a
hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le
dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron,
diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Mr. 6.53-56)
34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret.
35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron
noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos
los enfermos;
36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su
manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.
Lo que contamina al hombre
(Mr. 7.1-23)
15
1 Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de
Jerusalén, diciendo:
2 ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los
ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.
3 Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros
quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?
4 Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre;
y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
5 Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su
madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera
ayudarte,
6 ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis
invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.
7 Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando
dijo:
8 Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí.
9 Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.
10 Y llamando a sí a la multitud, les dijo: Oíd, y entended:
11 No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que
sale de la boca, esto contamina al hombre.
12 Entonces acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes
que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?
13 Pero respondiendo él, dijo: Toda planta que no plantó mi
Padre celestial, será desarraigada.
14 Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare
al ciego, ambos caerán en el hoyo.
15 Respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola.
16 Jesús dijo: ¿También vosotros sois aún sin
entendimiento?
17 ¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al
vientre, y es echado en la letrina?
18 Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto
contamina al hombre.
19 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los
homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los
falsos testimonios, las blasfemias.
20 Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer
con las manos sin lavar no contamina al hombre.
La fe de la mujer cananea
(Mr. 7.24-30)
21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de
Sidón.
22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella
región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten
misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un
demonio.
23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose
sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces
tras nosotros.
24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas
perdidas de la casa de Israel.
25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo:
¡Señor, socórreme!
26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los
hijos, y echarlo a los perrillos.
27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de
las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu
fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde
aquella hora.
Jesús sana a muchos
29 Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y
subiendo al monte, se sentó allí.
30 Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos,
ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a
los pies de Jesús, y los sanó;
31 de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos
hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos
ver; y glorificaban al Dios de Israel.
Alimentación de los cuatro mil
(Mr. 8.1-10)
32 Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión
de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no
tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que
desmayen en el camino.
33 Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos
nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud
tan grande?
34 Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron:
Siete, y unos pocos pececillos.
35 Y mandó a la multitud que se recostase en tierra.
36 Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los
partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.
37 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, siete canastas llenas.
38 Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin
contar las mujeres y los niños.
39 Entonces, despedida la gente, entró en la barca, y vino a
la región de Magdala.
La demanda de una señal
(Mr. 8.11-13; Lc. 12.54-56)
16
1 Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le
pidieron que les mostrase señal del cielo.
2 Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen
tiempo; porque el cielo tiene arreboles.
3 Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene
arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir
el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no
podéis!
4 La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal
no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y
dejándolos, se fue.
La levadura de los fariseos
(Mr. 8.14-21)
5 Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado de
traer pan.
6 Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los
fariseos y de los saduceos.
7 Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no
trajimos pan.
8 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro
de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?
9 ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes
entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis?
10 ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas
canastas recogisteis?
11 ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os
dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los
saduceos?
12 Entonces entendieron que no les había dicho que se
guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los
fariseos y de los saduceos.
La confesión de Pedro
(Mr. 8.27-30; Lc. 9.18-21)
13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó
a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el
Hijo del Hombre?
14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
15 El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente.
17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón,
hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi
Padre que está en los cielos.
18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta
roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella.
19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo
lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo
que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que
él era Jesús el Cristo.
Jesús anuncia su muerte
(Mr. 8.31-9.1; Lc. 9.22-27)
21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos
que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los
ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser
muerto, y resucitar al tercer día.
22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle,
diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te
acontezca.
23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante
de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en
las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame.
25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y
todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.
26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el
mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre
por su alma?
27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre
con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus
obras.
28 De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí,
que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del
Hombre viniendo en su reino.
La transfiguración
(Mr. 9.2-13; Lc. 9.28-36)
17
1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan
su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;
2 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro
como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con
él.
4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros
que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una
para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.
5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he
aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado,
en quien tengo complacencia; a él oíd.
6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros,
y tuvieron gran temor.
7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y
no temáis.
8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
9 Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo:
No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre
resucite de los muertos.
10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por
qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga
primero?
11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene
primero, y restaurará todas las cosas.
12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que
hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del
Hombre padecerá de ellos.
13 Entonces los discípulos comprendieron que les había
hablado de Juan el Bautista.
Jesús sana a un muchacho lunático
(Mr. 9.14-29; Lc. 9.37-43)
14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se
arrodilló delante de él, diciendo:
15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y
padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas
en el agua.
16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido
sanar.
17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y
perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta
cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.
18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho,
y éste quedó sano desde aquella hora.
19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron:
¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?
20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os
digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a
este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será
imposible.
21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mr. 9.30-32; Lc. 9.43-45)
22 Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del
Hombre será entregado en manos de hombres,
23 y le matarán; mas al tercer día resucitará. Y ellos se
entristecieron en gran manera.
Pago del impuesto del templo
24 Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que
cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga
las dos dracmas?
25 El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló
primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la
tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De
sus hijos, o de los extraños?
26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego
los hijos están exentos.
27 Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el
anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la
boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por
ti.
¿Quién es el mayor?
(Mr. 9.33-37; Lc. 9.46-48)
18
1 En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo:
¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?
2 Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
3 y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis
como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
4 Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es
el mayor en el reino de los cielos.
5 Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a
mí me recibe.
Ocasiones de caer
(Mr. 9.42-48; Lc. 17.1-2)
6 Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que
creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una
piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del
mar.
7 ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que
vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el
tropiezo!
8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer,
córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o
manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego
eterno.
9 Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti;
mejor te es entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos
ojos ser echado en el infierno de fuego.
Parábola de la oveja perdida
(Lc. 15.3-7)
10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque
os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de
mi Padre que está en los cielos.
11 Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se
había perdido.
12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se
descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por
los montes a buscar la que se había descarriado?
13 Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se
regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se
descarriaron.
14 Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los
cielos, que se pierda uno de estos pequeños.
Cómo se debe perdonar al hermano
15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele
estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que
en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a
la iglesia, tenle por gentil y publicano.
18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será
atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será
desatado en el cielo.
19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de
acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les
será hecho por mi Padre que está en los cielos.
20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos.
21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas
veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta
siete?
22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta
setenta veces siete.
Los dos deudores
23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que
quiso hacer cuentas con sus siervos.
24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le
debía diez mil talentos.
25 A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a
su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la
deuda.
26 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo:
Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
27 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó
y le perdonó la deuda.
28 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos,
que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba,
diciendo: Págame lo que me debes.
29 Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba
diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta
que pagase la deuda.
31 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron
mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había
pasado.
32 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado,
toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.
33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo,
como yo tuve misericordia de ti?
34 Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos,
hasta que pagase todo lo que le debía.
35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no
perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
Jesús enseña sobre el divorcio
(Mr. 10.1-12; Lc. 16.18)
19
1 Aconteció que cuando Jesús terminó estas palabras, se
alejó de Galilea, y fue a las regiones de Judea al otro lado del
Jordán.
2 Y le siguieron grandes multitudes, y los sanó allí.
3 Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y
diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por
cualquier causa?
4 El, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los
hizo al principio, varón y hembra los hizo,
5 y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá
a su mujer, y los dos serán una sola carne?
6 Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto,
lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
7 Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de
divorcio, y repudiarla?
8 El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os
permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue
así.
9 Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por
causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se
casa con la repudiada, adultera.
10 Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del
hombre con su mujer, no conviene casarse.
11 Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto,
sino aquellos a quienes es dado.
12 Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre,
y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay
eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino
de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.
Jesús bendice a los niños
(Mr. 10.13-16; Lc. 18.15-17)
13 Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese
las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les
reprendieron.
14 Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo
impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.
15 Y habiendo puesto sobre ellos las manos, se fue de allí.
El joven rico
(Mr. 10.17-31; Lc. 18.18-30)
16 Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien
haré para tener la vida eterna?
17 El le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno
sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos.
18 Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No
adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio.
19 Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como
a ti mismo.
20 El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi
juventud. ¿Qué más me falta?
21 Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que
tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y
ven y sígueme.
22 Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía
muchas posesiones.
23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo,
que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
24 Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el
ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.
25 Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera,
diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?
26 Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es
imposible; mas para Dios todo es posible.
27 Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros lo
hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?
28 Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la
regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de
su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis
sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
29 Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas,
o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre,
recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.
30 Pero muchos primeros serán postreros, y postreros,
primeros.
Los obreros de la viña
20
1 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre
de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su
viña.
2 Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día,
los envió a su viña.
3 Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que
estaban en la plaza desocupados;
4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo
que sea justo. Y ellos fueron.
5 Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo
mismo.
6 Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que
estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el
día desocupados?
7 Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id
también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.
8 Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su
mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando
desde los postreros hasta los primeros.
9 Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima,
recibieron cada uno un denario.
10 Al venir también los primeros, pensaron que habían de
recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario.
11 Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia,
12 diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los
has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el
calor del día.
13 El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago
agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?
14 Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este
postrero, como a ti.
15 ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O
tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
16 Así, los primeros serán postreros, y los postreros,
primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mr. 10.32-34; Lc. 18.31-34)
17 Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos
aparte en el camino, y les dijo:
18 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será
entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le
condenarán a muerte;
19 y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le
azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.
Petición de Santiago y de Juan
(Mr. 10.35-45)
20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con
sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo.
21 El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu
reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el
otro a tu izquierda.
22 Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que
pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser
bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le
dijeron: Podemos.
23 El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el
bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el
sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a
aquellos para quienes está preparado por mi Padre.
24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos
hermanos.
25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los
gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que
son grandes ejercen sobre ellas potestad.
26 Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera
hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,
27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro
siervo;
28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para
servir, y para dar su vida en rescate por muchos.
Dos ciegos reciben la vista
(Mr. 10.46-52; Lc. 18.35-43)
29 Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud.
30 Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando
oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de
David, ten misericordia de nosotros!
31 Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos
clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten
misericordia de nosotros!
32 Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué
queréis que os haga?
33 Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos.
34 Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en
seguida recibieron la vista; y le siguieron.
La entrada triunfal en Jerusalén
(Mr. 11.1-11; Lc. 19.28-40; Jn. 12.12-19)
21
1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al
monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos,
2 diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y
luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella;
desatadla, y traédmelos.
3 Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y
luego los enviará.
4 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el
profeta, cuando dijo:
5 Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
6 Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó;
7 y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus
mantos; y él se sentó encima.
8 Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el
camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en
el camino.
9 Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba,
diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en
el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se
conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
11 Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de
Galilea.
Purificación del templo
(Mr. 11.15-19; Lc. 19.45-48; Jn. 2.13-22)
12 Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos
los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de
los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas;
13 y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será
llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
14 Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó.
15 Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las
maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y
diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron,
16 y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo:
Sí; ¿nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman Perfeccionaste la alabanza?
17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad a Betania, y posó
allí.
Maldición de la higuera estéril
(Mr. 11.12-14, 20-26)
18 Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre.
19 Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no
halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca
jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera.
20 Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo
es que se secó en seguida la higuera?
21 Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si
tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera,
sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar,
será hecho.
22 Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo
recibiréis.
La autoridad de Jesús
(Mr. 11.27-33; Lc. 20.1-8)
23 Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los
ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le
dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te
dio esta autoridad?
24 Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una
pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué
autoridad hago estas cosas.
25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los
hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si
decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le
creísteis?
26 Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque
todos tienen a Juan por profeta.
27 Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también
les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
Parábola de los dos hijos
28 Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y
acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy a trabajar en mi
viña.
29 Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después,
arrepentido, fue.
30 Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y
respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue.
31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron
ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los
publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de
Dios.
32 Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le
creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y
vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para
creerle.
Los labradores malvados
(Mr. 12.1-12; Lc. 20.9-19)
33 Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el
cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un
lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se
fue lejos.
34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus
siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos.
35 Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon,
a otro mataron, y a otro apedrearon.
36 Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e
hicieron con ellos de la misma manera.
37 Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a
mi hijo.
38 Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre
sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de
su heredad.
39 Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron.
40 Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a
aquellos labradores?
41 Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y
arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a
su tiempo.
42 Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores, Ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?
43 Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de
vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.
44 Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre
quien ella cayere, le desmenuzará.
45 Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los
fariseos, entendieron que hablaba de ellos.
46 Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque
éste le tenía por profeta.
Parábola de la fiesta de bodas
22
1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas,
diciendo:
2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta
de bodas a su hijo;
3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas;
mas éstos no quisieron venir.
4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los
convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y
animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto;
venid a las bodas.
5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y
otro a sus negocios;
6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.
7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos,
destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.
8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están
preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.
9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas
a cuantos halléis.
10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los
que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron
llenas de convidados.
11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un
hombre que no estaba vestido de boda.
12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido
de boda? Mas él enmudeció.
13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y
manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro
y el crujir de dientes.
14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.
La cuestión del tributo
(Mr. 12.13-17; Lc. 20.20-26)
15 Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo
sorprenderle en alguna palabra.
16 Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos,
diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que
enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de
nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.
17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a
César, o no?
18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por
qué me tentáis, hipócritas?
19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un
denario.
20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la
inscripción?
21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo
que es de César, y a Dios lo que es de Dios.
22 Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.
La pregunta sobre la resurrección
(Mr. 12.18-27; Lc. 20.27-40)
23 Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay
resurrección, y le preguntaron,
24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin
hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará
descendencia a su hermano.
25 Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se
casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su
hermano.
26 De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta
el séptimo.
27 Y después de todos murió también la mujer.
28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será
ella mujer, ya que todos la tuvieron?
29 Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando
las Escrituras y el poder de Dios.
30 Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en
casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.
31 Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no
habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo:
32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
33 Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.
El gran mandamiento
(Mr. 12.28-34)
34 Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los
saduceos, se juntaron a una.
35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por
tentarle, diciendo:
36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
38 Este es el primero y grande mandamiento.
39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.
40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los
profetas.
¿De quién es hijo el Cristo?
(Mr. 12.35-37; Lc. 20.41-44)
41 Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó,
42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?
Le dijeron: De David.
43 El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama
Señor, diciendo:
44 Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?
45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?
46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde
aquel día preguntarle más.
Jesús acusa a escribas y fariseos
(Mr. 12.38-40; Lc. 11.37-54; 20.45-47)
23
1 Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos,
diciendo:
2 En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los
fariseos.
3 Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y
hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no
hacen.
4 Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las
ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo
quieren moverlas.
5 Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.
Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus
mantos;
6 y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras
sillas en las sinagogas,
7 y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los
llamen: Rabí, Rabí.
8 Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es
vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.
9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno
es vuestro Padre, el que está en los cielos.
10 Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro,
el Cristo.
11 El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo.
12 Porque el que se enaltece será humillado, y el que se
humilla será enaltecido.
13 Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!
porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres;
pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están
entrando.
14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas
oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.
15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez
hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.
16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura
por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del
templo, es deudor.
17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el
templo que santifica al oro?
18 También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada;
pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es
deudor.
19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el
altar que santifica la ofrenda?
20 Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo
que está sobre él;
21 y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo
habita;
22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por
aquel que está sentado en él.
23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más
importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto
era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.
24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el
camello!
25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro
estáis llenos de robo y de injusticia.
26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del
plato, para que también lo de fuera sea limpio.
27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la
verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de
huesos de muertos y de toda inmundicia.
28 Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis
justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad.
29 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los
monumentos de los justos,
30 y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros
padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los
profetas.
31 Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois
hijos de aquellos que mataron a los profetas.
32 ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!
33 ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis
de la condenación del infierno?
34 Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y
escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a
otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad
en ciudad;
35 para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha
derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta
la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis
entre el templo y el altar.
36 De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta
generación.
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
(Lc. 13.34-35)
37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar
a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las
alas, y no quisiste!
38 He aquí vuestra casa os es dejada desierta.
39 Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que
digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Jesús predice la destrucción del templo
(Mr. 13.1-2; Lc. 21.5-6)
24
1 Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus
discípulos para mostrarle los edificios del templo.
2 Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os
digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea
derribada.
Señales antes del fin
(Mr. 13.3-23; Lc. 21.7-24)
3 Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los
discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo
serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin
del siglo?
4 Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.
5 Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el
Cristo; y a muchos engañarán.
6 Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os
turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún
no es el fin.
7 Porque se levantará nación contra nación, y reino contra
reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes
lugares.
8 Y todo esto será principio de dolores.
9 Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y
seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.
10 Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros,
y unos a otros se aborrecerán.
11 Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a
muchos;
12 y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se
enfriará.
13 Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
14 Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo,
para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.
15 Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación
desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee,
entienda),
16 entonces los que estén en Judea, huyan a los montes.
17 El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de
su casa;
18 y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su
capa.
19 Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en
aquellos días!
20 Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día
de reposo;
21 porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha
habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá.
22 Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo;
mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.
23 Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo,
o mirad, allí está, no lo creáis.
24 Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y
harán grandes señales y prodigios, de tal manera que
engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.
25 Ya os lo he dicho antes.
26 Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no
salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis.
27 Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra
hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del
Hombre.
28 Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se
juntarán las águilas.
La venida del Hijo del Hombre
(Mr. 13.24-37; Lc. 21.25-36; 17.25-36; 12.41-48)
29 E inmediatamente después de la tribulación de aquellos
días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y
las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos
serán conmovidas.
30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el
cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y
verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con
poder y gran gloria.
31 Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y
juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un
extremo del cielo hasta el otro.
32 De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está
tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.
33 Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas,
conoced que está cerca, a las puertas.
34 De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que
todo esto acontezca.
35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán.
36 Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de
los cielos, sino sólo mi Padre.
37 Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo
del Hombre.
38 Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo
y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en
que Noé entró en el arca,
39 y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a
todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.
40 Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el
otro será dejado.
41 Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será
tomada, y la otra será dejada.
42 Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir
vuestro Señor.
43 Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué
hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar
su casa.
44 Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el
Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.
45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso
su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?
46 Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga,
le halle haciendo así.
47 De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.
48 Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor
tarda en venir;
49 y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a
beber con los borrachos,
50 vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no
espera, y a la hora que no sabe,
51 y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los
hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes.
Parábola de las diez vírgenes
25
1 Entonces el reino de los cielos será semejante a diez
vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al
esposo.
2 Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.
3 Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo
aceite;
4 mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas, juntamente
con sus lámparas.
5 Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.
6 Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo;
salid a recibirle!
7 Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron
sus lámparas.
8 Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro
aceite; porque nuestras lámparas se apagan.
9 Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos
falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y
comprad para vosotras mismas.
10 Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las
que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró
la puerta.
11 Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo:
¡Señor, señor, ábrenos!
12 Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os
conozco.
13 Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el
Hijo del Hombre ha de venir.
Parábola de los talentos
14 Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose
lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes.
15 A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada
uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos.
16 Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con
ellos, y ganó otros cinco talentos.
17 Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros
dos.
18 Pero el que había recibido uno fue y cavó en la tierra, y
escondió el dinero de su señor.
19 Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos,
y arregló cuentas con ellos.
20 Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo
otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me
entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre
ellos.
21 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco
has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu
señor.
22 Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo:
Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros
dos talentos sobre ellos.
23 Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has
sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.
24 Pero llegando también el que había recibido un talento,
dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde
no sembraste y recoges donde no esparciste;
25 por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la
tierra; aquí tienes lo que es tuyo.
26 Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente,
sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no
esparcí.
27 Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y
al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses.
28 Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez
talentos.
29 Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que
no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
30 Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera;
allí será el lloro y el crujir de dientes.
El juicio de las naciones
31 Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los
santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de
gloria,
32 y serán reunidas delante de él todas las naciones; y
apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas
de los cabritos.
33 Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su
izquierda.
34 Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos
de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo.
35 Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me
disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;
36 estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis;
en la cárcel, y vinisteis a mí.
37 Entonces los justos le responderán diciendo: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te
dimos de beber?
38 ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y
te cubrimos?
39 ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a
ti?
40 Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en
cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a
mí lo hicisteis.
41 Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de
mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus
ángeles.
42 Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no
me disteis de beber;
43 fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me
cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.
44 Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo,
enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?
45 Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en
cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a
mí lo hicisteis.
46 E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida
eterna.
El complot para prender a Jesús
(Mr. 14.1-2; Lc. 22.1-2; Jn. 11.45-53)
26
1 Cuando hubo acabado Jesús todas estas palabras, dijo a sus
discípulos:
2 Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el
Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.
3 Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los
ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote
llamado Caifás,
4 y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y
matarle.
5 Pero decían: No durante la fiesta, para que no se haga
alboroto en el pueblo.
Jesús es ungido en Betania
(Mr. 14.3-9; Jn. 12.1-8)
6 Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,
7 vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de
gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando
sentado a la mesa.
8 Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para
qué este desperdicio?
9 Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse
dado a los pobres.
10 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a
esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra.
11 Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no
siempre me tendréis.
12 Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho
a fin de prepararme para la sepultura.
13 De cierto os digo que dondequiera que se predique este
evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha
hecho, para memoria de ella.
Judas ofrece entregar a Jesús
(Mr. 14.10-11; Lc. 22.3-6)
14 Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote,
fue a los principales sacerdotes,
15 y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y
ellos le asignaron treinta piezas de plata.
16 Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle.
Institución de la Cena del Señor
(Mr. 14.12-25; Lc. 22.7-23; Jn. 13.21-30; 1 Co. 11.23-26)
17 El primer día de la fiesta de los panes sin levadura,
vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres
que preparemos para que comas la pascua?
18 Y él dijo: Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El
Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la
pascua con mis discípulos.
19 Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y
prepararon la pascua.
20 Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce.
21 Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de
vosotros me va a entregar.
22 Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a
decirle: ¿Soy yo, Señor?
23 Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo
en el plato, ése me va a entregar.
24 A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de
él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es
entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.
25 Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo:
¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho.
26 Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo
partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es
mi cuerpo.
27 Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio,
diciendo: Bebed de ella todos;
28 porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es
derramada para remisión de los pecados.
29 Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de
la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el
reino de mi Padre.
Jesús anuncia la negación de Pedro
(Mr. 14.26-31; Lc. 22.31-34; Jn. 13.36-38)
30 Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los
Olivos.
31 Entonces Jesús les dijo: Todos vosotros os escandalizaréis
de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las
ovejas del rebaño serán dispersadas.
32 Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros
a Galilea.
33 Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de
ti, yo nunca me escandalizaré.
34 Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que
el gallo cante, me negarás tres veces.
35 Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te
negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Jesús ora en Getsemaní
(Mr. 14.32-42; Lc. 22.39-46)
36 Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama
Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto
que voy allí y oro.
37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a
entristecerse y a angustiarse en gran manera.
38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la
muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.
39 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y
diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero
no sea como yo quiero, sino como tú.
40 Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo
a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?
41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el
espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.
42 Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío,
si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu
voluntad.
43 Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de
ellos estaban cargados de sueño.
44 Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez,
diciendo las mismas palabras.
45 Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y
descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es
entregado en manos de pecadores.
46 Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.
Arresto de Jesús
(Mr. 14.43-50; Lc. 22.47-53; Jn. 18.2-11)
47 Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con
él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales
sacerdotes y de los ancianos del pueblo.
48 Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al
que yo besare, ése es; prendedle.
49 Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y
le besó.
50 Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se
acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.
51 Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano,
sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le
quitó la oreja.
52 Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque
todos los que tomen espada, a espada perecerán.
53 ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que
él no me daría más de doce legiones de ángeles?
54 ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que
es necesario que así se haga?
55 En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Como contra un
ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme?
Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no
me prendisteis.
56 Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de
los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole,
huyeron.
Jesús ante el concilio
(Mr. 14.53-65; Lc. 22.54,63-71; Jn. 18.12-14, 19-24)
57 Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote
Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos.
58 Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo
sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el
fin.
59 Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el
concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para
entregarle a la muerte,
60 y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se
presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos,
61 que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y
en tres días reedificarlo.
62 Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes
nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?
63 Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te
conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el
Cristo, el Hijo de Dios.
64 Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que
desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.
65 Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He
aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.
66 ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de
muerte!
67 Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de
puñetazos, y otros le abofeteaban,
68 diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te
golpeó.
Pedro niega a Jesús
(Mr. 14.66-72; Lc. 22.55-62; Jn. 18.15-18, 25-27)
69 Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una
criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo.
70 Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que
dices.
71 Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que
estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.
72 Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.
73 Un poco después, acercándose los que por allí estaban,
dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos,
porque aun tu manera de hablar te descubre.
74 Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al
hombre. Y en seguida cantó el gallo.
75 Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le
había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y
saliendo fuera, lloró amargamente.
Jesús ante Pilato
(Mr. 15.1; Lc. 23.1-2; Jn. 18.28-32)
27
1 Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los
ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para
entregarle a muerte.
2 Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el
gobernador.
Muerte de Judas
3 Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era
condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a
los principales sacerdotes y a los ancianos,
4 diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos
dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!
5 Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y
se ahorcó.
6 Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata,
dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas,
porque es precio de sangre.
7 Y después de consultar, compraron con ellas el campo del
alfarero, para sepultura de los extranjeros.
8 Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo
de sangre.
9 Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando
dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del
apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel;
10 y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el
Señor.
Pilato interroga a Jesús
(Mr. 15.2-5; Lc. 23.3-5; Jn. 18.33-38)
11 Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste
le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y
Jesús le dijo: Tú lo dices.
12 Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los
ancianos, nada respondió.
13 Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican
contra ti?
14 Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera
que el gobernador se maravillaba mucho.
Jesús sentenciado a muerte
(Mr. 15.6-20; Lc. 23.13-25; Jn. 18.38--19.16)
15 Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el
gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen.
16 Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás.
17 Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis
que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?
18 Porque sabía que por envidia le habían entregado.
19 Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó
decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he
padecido mucho en sueños por causa de él.
20 Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron
a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.
21 Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos
queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás.
22 Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el
Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!
23 Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero
ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!
24 Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más
alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo,
diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá
vosotros.
25 Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre
nosotros, y sobre nuestros hijos.
26 Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a
Jesús, le entregó para ser crucificado.
27 Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al
pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía;
28 y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata,
29 y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y
una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de
él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!
30 Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la
cabeza.
31 Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le
pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle.
Crucifixión y muerte de Jesús
(Mr. 15.21-41; Lc. 23.26-49; Jn. 19.17-30)
32 Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se
llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz.
33 Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que
significa: Lugar de la Calavera,
34 le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después
de haberlo probado, no quiso beberlo.
35 Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus
vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el
profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa
echaron suertes.
36 Y sentados le guardaban allí.
37 Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS,
EL REY DE LOS JUDÍOS.
38 Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la
derecha, y otro a la izquierda.
39 Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza,
40 y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo
reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende
de la cruz.
41 De esta manera también los principales sacerdotes,
escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos,
decían:
42 A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey
de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.
43 Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha
dicho: Soy Hijo de Dios.
44 Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban
crucificados con él.
45 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra
hasta la hora novena.
46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo:
Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado?
47 Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías
llama éste.
48 Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una
esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le
dio a beber.
49 Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a
librarle.
50 Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó
el espíritu.
51 Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;
52 y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que
habían dormido, se levantaron;
53 y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de
él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.
54 El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús,
visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron
en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.
55 Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales
habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole,
56 entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre
de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Jesús es sepultado
(Mr. 15.42-47; Lc. 23.50-56; Jn. 19.38-42)
57 Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea,
llamado José, que también había sido discípulo de Jesús.
58 Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces
Pilato mandó que se le diese el cuerpo.
59 Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana
limpia,
60 y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la
peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del
sepulcro, se fue.
61 Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas
delante del sepulcro.
La guardia ante la tumba
62 Al día siguiente, que es después de la preparación, se
reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato,
63 diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo,
viviendo aún: Después de tres días resucitaré.
64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer
día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y
digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el
postrer error peor que el primero.
65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo
como sabéis.
66 Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la
piedra y poniendo la guardia.
La resurrección
(Mr. 16.1-8; Lc. 24.1-12; Jn. 20.1-10)
28
1 Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la
semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el
sepulcro.
2 Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor,
descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se
sentó sobre ella.
3 Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como
la nieve.
4 Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como
muertos.
5 Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis
vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue
crucificado.
6 No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el
lugar donde fue puesto el Señor.
7 E id pronto y decid a sus discípulos que ha resucitado de
los muertos, y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí
le veréis. He aquí, os lo he dicho.
8 Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo,
fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos. Y mientras
iban a dar las nuevas a los discípulos,
9 he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve!
Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.
10 Entonces Jesús les dijo: No temáis; id, dad las nuevas a
mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.
El informe de la guardia
11 Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la
ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las
cosas que habían acontecido.
12 Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho
dinero a los soldados,
13 diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche,
y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.
14 Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos,
y os pondremos a salvo.
15 Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había
instruido. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el
día de hoy.
La gran comisión
(Mr. 16.14-18; Lc. 24.36-49; Jn. 20.19-23)
16 Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte
donde Jesús les había ordenado.
17 Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.
18 Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me
es dada en el cielo y en la tierra.
19 Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo;
20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he
mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta
el fin del mundo. Amén.
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